The Altar of the Unnamed
Empezó entre
el aroma del café de cada mañana, en el ritual de dos almas que el mundo no
separaba. Éramos cómplices de risas, de secretos y de ganas, mientras el sol,
en cada tarde, frente a nosotras se desplazaba.
Bebíamos
cervezas viendo el cielo teñirse de fuego, creyendo que el tiempo era nuestro,
un eterno juego. Nadie podía romper ese lazo, esa red, esa alianza, éramos
casa, refugio, presente y esperanza.
Pero en el
fondo de tus ojos, donde el silencio se escondía, nacía una verdad que tu voz
jamás pronunciaría. Te vi luchar contra el viento, contra un juicio invisible,
queriendo que este destino fuera, ante el mundo, admisible.
Buscabas
excusas, razones, una forma distinta de ser, para que este cariño no te
obligara a perder el lugar que ocupabas, la imagen que habías construido,
dejando lo nuestro en un rincón... siempre prohibido.
Jamás te
sentiste tan plena, tan tú, tan completa, pero elegiste la sombra, la vida
discreta. Preferiste el murmullo de afuera y la norma severa, antes que aceptar
que una mujer es quien más te quisiera.
Y así nos
perdimos, entre el tiempo que no ha regresado, porque lo nuestro fue un sueño
por el miedo callado. Me duele la ausencia, pero más tu renuncia constante: la
de amar en el alma... y fingir ser distante.

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